Tour de France 2023
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Los lmites de Cabestany

autora: Ander Izagirre, 

Cabestany no había vuelto a ver las imágenes de su victoria en el Tour de 1986. Cuando se las pusieron en una sala llena de público, veinticinco años más tarde, soltó un grito entre la diversión y la angustia:

- ¡Que no llego, que no llego!

El Pello Ruiz Cabestany de 1986, con el maillot blanquiazul del Seat-Orbea, había atacado en un repecho a falta de siete kilómetros para la meta de Evreux, había roto el tren del equipo Panasonic que le preparaba el sprint al velocísimo Eric Vanderaerden, había alcanzado a Federico Etxabe, lo había dejado en la ligera subida del último kilómetro y ya esprintaba cuesta arriba, de pie, hasta que se asfixió y se sentó en el sillín. Había calculado mal sus fuerzas.

- ¡Que no llego!

Se le echaba encima un pelotón lanzado a mucha mayor velocidad que la suya, con el maillot verde de Vanderaerden esprintando en cabeza con todas sus fuerzas. Cabestany se puso otra vez de pie...

- Esto no lo entiendo. No sé cómo pude volver a esprintar.

...y prolongó el baile en agonía hasta cruzar primero la línea de meta. No tuvo tiempo ni para levantar las manos. Dejó de pedalear y hundió la cabeza en el pecho como si lo hubieran desenchufado de golpe. Vanderaerden lo adelantó veloz, furioso, tarde.

He llegado más allá de mis límites -declaró Cabestany tras su victoria.

El límite del Tourmalet

Un año antes, a sus 23, el donostiarra Pello Ruiz Cabestany franqueó otro límite. En la etapa reina de los Pirineos, atacó en el col d’Aspin, alcanzó a su compañero Pepe del Ramo y aprovechó su rueda unos kilómetros. En las primeras rampas del Tourmalet siguió solo.

Cuando le preguntan qué se siente al subir el Tourmalet escapado durante el Tour de Francia, Cabestany sacude la cabeza, se queda un rato callado y suelta un “buaaaah” en voz baja.

Es curioso: sufría como un perro pero no sufría. Iba disfrutando, saboreando semejante momento, escapado en el puerto mítico que yo veía de niño en la revista Miroir du Cyclisme, el escenario de los campeones de la historia del ciclismo… Se echó la niebla y yo subía por un pasillo de gente que gritaba. Allí estaban mis padres, mis amigos, mucha afición vasca que me animaba, sentí que iba flotando. Subí el Tourmalet como un niño, jugando.

Alcanzó unos tres minutos de ventaja y la situación le favorecía. El líder Bernard Hinault iba tocado porque se había roto la nariz días atrás; el segundo, Greg Lemond, era de su equipo y no iba a moverse; el escalador más explosivo, Lucho Herrera, subía tranquilo por el pacto que tenían los colombianos con Hinault: ellos se comprometían a no atacar desde lejos, a no revolucionar la carrera, y a cambio el equipo de Hinault les echaba una mano para conseguir victorias parciales. Herrera ganó dos etapas y la montaña, Fabio Parra una etapa y el maillot blanco, Hinault ganó el Tour.

Así que el grupo de los favoritos subía a un ritmo sostenido hasta que atacó Pedro Delgado. El segoviano pasó segundo por el Tourmalet, a un minuto y medio de su compañero de equipo Cabestany. Los favoritos coronaron a casi tres minutos.

Esta etapa del Tour de 1985 pasó a la historia como ejemplo de estrategia perfecta, jugada de pizarra, con tres grandes puertos y tres ciclistas del Seat-Orbea que lanzaron sus ataques escalonados para ayudarse unos a otros y rematar con el triunfo de Perico Delgado en Luz Ardiden. Cabestany sonríe.

Es gracioso cómo se contó aquella etapa, porque no estaba planeada. Yo vi que Del Ramo tenía muy poca ventaja en el Aspin, no consiguió más de un minuto y lo íbamos pillando, así que decidí atacar por mi cuenta. En esa época no había pinganillos ni nada. Alcancé a Del Ramo, él me llevó un trecho hacia el Tourmalet pero iba muy fundido, enseguida me quedé solo en cabeza y cogí tres minutos. Yo ataqué para ganar la etapa. Y a Delgado nadie le mandó atacar, lo decidió él.

El director del Seat-Orbea, Txomin Perurena, aplicó la ortodoxia: no puedes tener a un corredor de tu equipo escapado y a otro persiguiéndole. Tienes que parar a alguno de los dos.

Cabestany coronó el Tourmalet eufórico, pensando que iba a recuperar fuerzas en la bajada y que luego iba a subir a tope hasta la meta de Luz Ardiden. Pero allá arriba, entre las nieblas del Tourmalet, atravesó una línea divisoria. Cabestany era un joven de 23 años con mucho talento que hasta entonces había disfrutado del ciclismo atacando, montando emboscadas, ideando sorpresas, jugando. Así había ganado la Vuelta al País Vasco de 1985, en su casa, con el equipo de casa, contra los mejores del mundo, con un ataque en una bajada; así había peleado por la Vuelta a España de 1985 en la que ganó una etapa, vistió el maillot amarillo varios días, le disputó el triunfo a Robert Millar hasta la penúltima etapa y fue una pieza clave para despistar al escocés mientras Delgado se fugaba a por el triunfo más inesperado en la Vuelta. Pero en el Tourmalet, Cabestany pasó de aquel ciclismo tan despreocupado a otro mucho más serio. El segundo director del equipo bajó la ventanilla del coche y le dio una orden como un mazazo.

- Me dio un chubasquero para abrigarme en la bajada y me dijo: “Pello, tienes que esperar a Perico, que viene solo”. “¿Qué?”. “Que sí, que viene Perico, párate”. Me entró una llorera terrible. Bajé muy despacio, mirando atrás, sollozando. Pasé el primero por el Tourmalet y bajé llorando.

Dice Cabestany que ese momento fue como si alguien apagara las luces.

Yo me sentía en el centro del escenario, escapado en el Tourmalet durante el Tour, y de repente alguien le dio al interruptor y se acabó la fiesta. Pasé de ser una estrella a ser un ciclista al que pagan para obedecer. Me bajaron de golpe a la tierra.

Cabestany esperó a Delgado, lo guió en la bajada y tiró de él en las primeras rampas de Luz Ardiden.

Lo di todo. Porque lo tenía claro: lo importante era el equipo, las órdenes del director había que cumplirlas y además Perico era amigo mío. No sé cuántos kilómetros tiré de él, pero me acuerdo perfectamente de la curva en la que reventé. Si me llevan ahora, la reconozco.

Ese trabajo de Cabestany marcó probablemente la diferencia entre la derrota y la victoria: Delgado ganó la etapa por un puñado de segundos ante un Lucho Herrera que subió el último puerto recortándole la diferencia a todo gas. El Seat-Orbea celebró su primer triunfo en el Tour, Cabestany recibió una de las lecciones amargas del ciclismo profesional y perseveró hasta conseguir al año siguiente su victoria más memorable: aquella en la que ni siquiera pudo levantar las manos.